De manera, lo que son las cosas, al otro día de marcharse mi “niñadiós” después de pasar la “la noche más buena de todas las noches” con esta débil pareja de ancianos volvió a regresar desde el punto más sureño de Europa con las dos nietas -Carmen y Elena- a pasar otras treinta y seis horas con nosotros.
Pero no vinieron ellas solamente, sino que con ellas llegó un extraño y pequeñín extranjero de otra galaxia que ha posado sus alas entre nosotros para hacernos compañía de la buena, y digo de la “chachi” porque existen otras de las que hay que huir.
Es un pequeño canario al que, exceptuando darle de mamar, tengo que educarlo, convertirlo en tenor y hacerle cómplice de todos mis pecados que, por cierto, serían la felicidad o envidia, según se mire y mida, de multitud de humanos con sus defectos y virtudes.
Ya ha sido bautizado con el nombre exquisito de Limón por su maravilloso colorido que, con microscopio incorporado, puede llegar a ser de un ligero verde sin llegar jamás al chillón colorido del verde bético que espera el próximo seis de enero para vencer a la blanca camiseta sevillista.
Esta mañana he pasado con él un par de horas -tiempo que necesitaba Incondestai para sentirse repleta de felicidad con mi compañía- en la terraza al tempo que sonaba desde mi viejo móvil -diez años de existencia- los cantos de canarios insignes; o sea que le dedicado más horas que el rato en que construyo un poema para muchas de mis amadas ilusiones.
Lo veo y me alegro, lo miro y me entristece porque me recuerda aquella vieja canción que decía en una de sus estrofas lo siguiente: “Soy como el pájaro en jaula/ preso y hundido en tu amor/ aunque la jaula sea de oro/ no deja de ser prisión”
En fin, que como decía el maestro Manuel Alcántara, los amigos se ven y se encuentran en las cárceles, hospitales y los recitales de poesía, así que hoy puedo afirmar que se ha posado junto a mí un nuevo amigo del que pienso disfrutar lo infinito.
www.josegarciaperez.es