Localicé en la negra noche mis estrellas preferidas: Antares, Altair y Spica. Permanecían ociosas. Las miré con el amor de quien sabe que la noche es más sugerente con la seguridad de su presencia.
Iniciaron su proximidad a mí. Cerré los ojos. La humedad de la arena penetraba mis espaldas, el pinar de la “Casita Azul” unía a su fragancia el sabor de las flores de sal al tiempo que un último “silabario” de trinos de chamarín insinuaba al silencio. Entreabrí el alma, y los párpados percibieron tres destellos al unísono. Sentí quebrarse el cristal que me estuvo negado durante el día y encontré el cascabel de la felicidad.
Creo que mi cuerpo descansó mientras mi espíritu se alimentaba con el latido de un corazón abierto al asombro.
Unas suaves y húmedas caricias bendecían mis doloridos pies. Un perrito de lana más blanca que la pureza de una niña bosnia, me besaba; entre sus tusones, un rizo anudado de rubio cabello de niño. Todo era apacible sonreí.
Venid conmigo los soñadores de milagros y construiremos un círculo de fantasías no productivas, de tiempos perdidos en la posibilidad de encontrar la utopía, de miradas constantes a la gruta de la ilusión.
Anudaremos tu tristeza y mi alegría, tu ilusión y mi realidad; hablaremos de los dioses que palpamos, de la eternidad gozada y dejaremos para siempre, en el baúl de los objetos olvidados -cuya llave lanzaremos al abismo del olvido-, la pisada vergonzante de nuestros cuerpos por un mundo que no es el nuestro.
Puede y debe ocurrir que la vida venza a la existencia, el amor al sexo porquesí y que la utopía, la nuestra, ondee sobre este mundo de materialismo que desea acabar con los soñadores.