Día Internacional del Agua

El santoral moderno nos propone celebrar el 22 de marzo el Día Internacional de Agua. Y, por tercer día consecutivo, me dedico a escribir sobre el objeto de la celebración. Y, como todavía no hemos salido de la resaca de la Poesía del día 21, voy a tomar como motivo el agua en la poesía de Federico García Lorca. Si analizamos el vocabulario de la poesía lorquiana (Que no quede por recordar mi libro Las cien mil palabras de la poesía de Lorca, publicado con motivo del centenario del nacimiento del poeta granadino), nos encontramos que, por frecuencia de uso, la primera palabra lexical es No; la segunda, Es; la tercera, Luna; la cuarta, Corazón y la quinta, Agua. Por cada mil palabras, en más de tres ocasiones aparece Agua: 3,164 por mil es su frecuencia relativa.
Nos centramos en el poema titulado Mañana y fechado el 7 de agosto de 1918 (Fuentevaqueros, Granada), ya que parece escrito a propósito de la celebración de este día. Nos dice que «la canción del agua es una cosa eterna», «es la savia entrañable que madura los campos. Es sangre de poetas». Nos invita a escuchar «los romances del agua en las choperas». Pasan los árboles que se tronchan, que se secan; se desgastan las montañas  y se convierten en llanuras, «mas la Canción del agua es una cosa eterna». Elogia al agua como luz hecha canto, como firme y suave llena de cielo y mansa, como niebla, como rosa de la eterna mañana, como miel de luna. Y se pregunta: «¿Qué es el santo bautismo / sino Dios hecho agua / que nos unge las frentes / con su sangre de gracia?» Es más: «Por algo Jesucristo / en ella confirmóse».
En la poesía de Lorca, los mitos se entremezclan: «Por algo madre Venus / en su seno -en el seno del agua, precisemos- engendróse», lo que es causa de «que amor en amor tomamos / cuando bebemos agua». El agua «es el amor que corre / todo manso y divino, / es la vida del mundo, / la historia de su alma». El agua lleva nuestros secretos, el agua apaga nuestra sed, es hermana del corazón, un arca de besos.
Tanto vale el agua para el poeta que se atreve a escribir: «Cristo debió decirnos: / «Confesaos con el agua, / de todos los dolores, / de todas las infamias./ ¿A quién mejor, hermanos, / entregar nuestras ansias / que a ella que sube al cielo / en envolturas blancas?»
Tomar el agua nos transforma: nos volvemos más niños y más buenos, hasta alivia nuestras penas. Y nos hace soñar: «Y los ojos se pierden / en regiones doradas». Por ello exclama. «¡Oh fortuna divina / por ninguno ignorada!»
Termina diciendo: “Agua dulce en que tantos / sus espíritus lavan, / no hay nada comparable / con tus orillas santas / si una tristeza honda / nos ha dado sus alas”.
Recordar este poema de Lorca ha sido, creo, rendir el mejor homenaje al agua en el decretado, por la Asamblea General de las Naciones Unidas en 1992, “Día Internacional del Agua”. No olvidamos tampoco a tantos pueblos de la Tierra como pasan sed cuando, bien distribuida, habría agua dulce para todos.