Con todo el respeto que me merece la vicepresidenta 2ª del Gobierno de España, Yolanda Díaz, que es bastante más de lo que algunos y algunas puedan pensar, creo que no debió meterse en el “charco” de introducir en el debate lingüístico el hecho de si España debe considerarse “patria” o “matria”, defensora ella del segundo término.
Y lo digo porque este tema, ya discutido en otras épocas por personas de solvencia como pueden ser Unamuno, Borges, María Zambrano o Virginia Woolf, entre otros, supera en profundidad al simplista de “niños”, “niñas” y “niñes” que defiende Irene Montero y su cortejo de impresentables, me refiero en todo aquello que concierne a lo que denominan, pobre de mí, lenguaje inclusivo.
La palabra “Matria” no se encuentra incorporada por la RAE que, hoy por hoy, es la institución que otorga visos de legitimidad en todo lo concerniente al lenguaje; podría ser que la razón se fundamente en que tanto “patria” como “matria” son palabras pertenecientes al género femenino, y con una, con la de siempre, tenemos bastante.
Lo que no llego a comprender, a no ser que una sacudida de locura esté adueñándose de los que pertenecemos a la madre patria que conocemos por España, es que existan personas que deseen liquidar “porquesí” el concepto de patria española.
Después de tantos siglos, conquistas, muertes, guerras, victorias, derrotas, imperios, viajes, descubrimiento de nuevos mundos, locuras, etc., creo que al final de este tiempo que vivimos hoy en compañía del “bicho de marras” lo único que nos queda es la tierra madre que nos acogerá en su seno, y en la que descansaremos de este trajín diario de superar las idioteces de los aburridos políticos que nos ha tocado padecer en la actualidad.
Esa tierra es nuestra querida madre patria, España; todo femenino