El Copo. La vuelta de Juan el de Cartajima (I)

Mi amigo Juan fue un hombre de mundo. Recorrió, con disfrute y entusiasmo, distintas experiencias que, según él, le salieron al paso y nunca rehuyó.
         Fue maestro de escuela -se llamaban “asesores técnicos” por aquellos tiempos- en la kabila de Beni-Buifrur, allí donde las minas de Uixan, Afra y Setolázar convierten las faldas del Rif en grises escarpadas donde nada florece, hasta una mañana en que el monarca Mohamed V instauró el reino alauita.
         Convivió en las antiguas escuelas unitarias del Cerro Blanco con los marginados habitantes de un pueblo, Dos Hermanas, llamados nazarenos y con niños descompensados de pan y cultura, algo parecido a las penurias que en esta maldita actualidad padecen los niños de Los Asperones, agrio gueto de esta ciudad, Málaga, que “todo lo acoge y todo lo silencia”.
         Creyó durante un tiempo que Dios le susurraba al oído e intentó llevar un mensaje de justicia, solidaridad y libertad desde Guaro a Ronda, de Estepona a Archidona, de Cajiz a Cuevas de San Marcos, de La Coruña a Bilbao, de Cuenca a Barcelona, de Madrid a Ciudad Real y de Almería a Sevilla, hasta que fue “fichado”.
         Creó “asociaciones no gubernamentales” que impregnaron de un cierto desasosiego los “plácidos sueños” de los dormidos políticos en las barriadas de “El Bulto”, “Cruz Verde” y “Estación del Perro”, y fue “refichado”.
         Durante siete años, en una segunda percepción de locura, la primera fue la de Jesús de Nazaret, se creyó capaz de cambiar el egoísmo y la injusticia de los hombres de una forma concreta, y marchó a Madrid -allí donde van los que desean triunfar-. Fue político “oficial” y olió la pólvora del 23-Feb-1981, y secretario político de allí y de aquí.
         Tuvo un momento de clarividencia y, poco a poco, inició una retirada del mundo farisaico y se acercó a la normalidad de la “locura”.
         De aquel tiempo solamente le quedan unas medallas e insignias que ayer quemó en “la hoguera de las vanidades”.
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