El Copo. Nuestro íntimo cotillón

Toda esta mandanga de tiempo que los sabios han dado en llamar año, va a doblar esta noche la esquina para zambullirse en un nuevo invento de temporalidad. Se nos va la vida entre uvas y cotillones. Y lo celebramos. Así somos para gozo de nosotros mismos. No hay quien dé más por menos.
Hace años, más de medio siglo, era el padre, el que puesto en pie, anunciaba a la familia los cuartos del reloj de la Puerta del Sol. Todos los miembros del clan estábamos pendientes del gesto paterno. Radio Nacional retransmitía las campanadas. Todo era jolgorio: la abuela, madre, hermanos, anís, coñac, sidra, peladillas y turrón de almendras. ¡Ahora!: decía el patriarca, y una a una, o con una atragantada de mucho cuidado, las uvas, debidamente escamondadas, se convertían en fiesta. Después, los besos a todos y cada uno de los miembros de la familia y, más tarde, el brindis.
El transcurrir de la vida, la existencia, va enterrando a unos y dispersando a otros. Estos, o sea, los otros, van formando nuevas familias. Es ley de vida, y la ley se cumple, aunque en la actualidad no es el padre el que marcar el principio del muevo año, sino ese trato llamado televisión.
El padre y la madre, ya abuelos, miran a derecha e izquierda y ven tan sólo las estrellitas del viejo Belén. Recomponen la mirada y se observan el uno al otro, estudian el paso del tiempo, las arrugas que crecieron al unísono y, con parsimonia, sin atragantarse y tragándose alguna que otra lágrima de vida, las uvas, al compás de cualquier cadena televisiva, realizan su rítmico caminar de una en una. Y los padres, serenamente, se aman de forma distinta, o sea se quieren para siempre.
Es ley de vida, decía, y la ley se cumple. Me quedan, deseo creer, algún año más de fin de fiesta o de principio de otra. Cada año, cuestión de artritis, nos costará más alzar las copas y tragar las uvas, cuestión de diabetes; pero seguiremos juntos hasta que la muerte, nos separe.
Va por ti, mujer; por todas vosotras. www.josegarciaperez.es