Creo que son sabedores de la existencia de la Asociación de Alcohólicos Anónimos creada en los años 30 del pasado siglo en EEUU, asociación sin ánimo de lucro y que rechaza toda subvención estatal o privada; desde hace años se encuentra extendida por todo el mundo.
Su arma, valga la expresión, es la palabra y en ella descansa toda la terapia de grupo que se imponen los asociados tras haber reconocido que son alcohólicos a viva voz y delante de un grupo de afectados por el alcohol.
Un alcohólico se reconoce porque ingiere en ayunas bebidas de alta graduación, visita varios bares antes de ir a su trabajo, bebe esencialmente ginebra para evitar que los “otros” puedan descubrirlo por su aliento, pagan por adelantado, se beben el calibre de un “golpe” y a continuación medio vaso de agua. Un alcohólico no es un borracho sino un ser que, presa del alcohol, pone su vida y la de los suyos en grave peligro de tal forma que su destino, en la mayoría de los casos, muere de cirrosis.
Por varias causas -no alcohólicas- he asistido a sus reuniones y podría contarles un gran número de anécdotas muy interesantes, pero hoy quiero detenerme en su oración que reza así: “Dios, concédeme la serenidad para aceptar las cosas que no puedo cambiar, el valor para cambiar las cosas que puedo cambiar y la sabiduría para conocer la diferencia entre lo que puedo y no puedo cambiar.”
Si los abstemios y aquellos que al igual que un servidor bebemos alguna que otra “copa” viviéramos de acuerdo con la citada oración viviríamos con la tranquilidad del “deber cumplido”, o sea, con una capacidad de no aceptar esta hipócrita sociedad que nos rodea sabiendo que existen hechos y situaciones que podríamos cambiar con nuestra acción, al tiempo que dejaríamos de comernos el “coco” ante la imposibilidad de cambiar el rumbo de situaciones irreversibles; todo ello con ese sedimento de sabiduría que nos haría discernir entre lo uno y lo otro.
Esa sabiduría, que no está en los libros, se encuentra en la finura de espíritu de los que viven sabiendo que viven.