Miguel Díaz Alcaraz, columnista y excelente amigo, el 30 de mayo pasado, entregó su alma a Dios. Un cateterismo aparentemente rutinario se complicó inesperadamente mandándolo, en poquísimos días, a la presencia del Padre. Su grande y generoso corazón le estalló privándonos, para siempre, de sus columnas de sus comentarios y sobre todo de su presencia.
“El independentismo que no cesa”, por tanto, es la última columna, podemos decir: la definitiva de nuestro querido amigo y compañero entrañable; y mira por donde el comentario al anunciado último copo de García Pérez, será el definitivo.
La celeridad con que se han producido los acontecimientos, nos ha descompuesto. El mazazo ha sido de tal envergadura que nos deja anonadados. El celebrante dijo en su funeral que los recuerdos son la huella que dejan las personas a lo largo de la vida. Casi cincuenta años de franca amistad aportan tantos recuerdos, las huellas son tan profundas, que se mantienen imborrables. Ni el tiempo siquiera las matiza.
Miguel, un alma noble, generosa y servicial; esposo fiel, padre amantísimo, aunque nos haya abandonado, no por su voluntad, claro, sino por adversas circunstancias que han concurrido fatalmente, siempre estará presente en mi corazón y en mi mente. Lo echaré muchísimo de menos.
A su esposa le queda el consuelo de su amor fiel y permanente. A sus hijos y nietos, su recta ejecutoria, espejo en el que mirarse y ajustar sus conductas. Y a sus amigos el consuelo de haber compartido tan buenos momentos que acrisolaron una amistad firme y duradera.
Y concluyo con palabras de San Pablo: Miguel ha combatido bien su combate ha corrido hasta la meta, ha mantenido la fe. Ahora le aguarda la corona merecida, con la que el Señor, juez justo, le premiará en aquel día, y no sólo a él, sino a todos los que tienen amor a su venida. Que así sea.