A ciertos políticos les ha dado por querer reformar la Constitución, como si tal reforma fuese el problema más grave de la política y de la sociedad española. Pero, claro, la verdad es que vas por la calle y no haces otra cosa que tratar de consolar a las ciudadanas y los ciudadanos que lloran por las esquinas porque quieren que se reforme la Constitución. Y, sin duda, los políticos tienen que escuchar y hacerse eco de las necesidades de la ciudadanía. Ellos van a dar sus mítines y no oyen otra voz que “Reforma Constitución o eres un mamón, reforma, reforma, que tiene un rajón la Constitución”. Pobres ciudadanos, tan preocupados ellos por la tal reforma, que ni les da tiempo a pensar en otros problemas de solidaridad, de justicia distributiva, de listas del paro, de listas de espera en los hospitales de la seguridad social, de empleo precario, de consumismo alienante activador de la economía, de puentes con tantos muertos en las carreteras, de educación deficitaria… Que no, que nada importa, salvo la Reforma de la Constitución. Ya lo decía Jovellanos: “Los tétricos ingleses, los franceses voltarios pasan los días y las noches entre el estudio ímprobo y las peligrosas disputas de la política y apenas después de muchos meses de contrariedades acuerdan una ley: los festivos españoles las pasan entre el agradable ocio y las deliciosas funciones y en un instante se hallan con mil leyes acordadas sin contrariedad ninguna”. En otros países la Constitución, como ley básica y fundamental, es sagrada e indiscutible, a lo sumo, una enmienda de cuando en cuando de muchos, muchos años y mucho debate. Aquí, cuando no se saben solucionar los problemas, se echa mano a la reforma de la Constitución como si tal reforma aportara alguna solución práctica. Vivimos siempre como en una nación provisional.
Pero, bueno, el llanto de los ciudadanos por las esquinas de pueblos y ciudades tiene que ser escuchado y si ese llanto es pidiendo la reforma de la Constitución, pues, eso… que hay que reformarla. Sin demora.