Vamos a imaginar, por un momento, que Dios viene a la Tierra a conocer al hombre.
¿Se extrañará, quizás, de ver que la riqueza se reparte entre pocos y son pobres los muchos habitantes del mundo?
¿Sentirá admiración de vernos poderosos en medios y recursos y parte del planeta se muere de indigencia?
¿Nos hablará de amor y a coro respondamos con la risa más tosca?
¿Predicará que un cielo espera a los benditos y juntos le diremos maldiciones y chuflas?
¿Sentirá que en su nombre se provocan las guerras y, en milagro, la sangre derramada será trigo de paz?
¿Calmará la ambición del poderoso y dejará que todos nos pongamos de acuerdo en los repartos?
¿Refundirá la Tierra suprimiendo las vallas y fronteras para que los humanos circulemos tan libres como el viento?
¿Hará bajar el cielo a este infierno diario de llama inextinguible?
¿Abrirá los oídos que no quieren oír los dolorosos ayes de tantos como sufren?
¿Quitará los disfraces de tanta hipocresía y nos veremos desnudos como Adán?
¿Se irá por el camino que viniera y dejará el tatuaje que marca nuestras vidas miserables?
Seguiremos fingiendo que Dios nace de nuevo cada año para que la esperanza nos consuele con licores y dulces navideños.
(Publicado en Ánfora Nova, Revista literaria, número 101-102, Rute, 2015, “Navidad Literaria (paraíso de anís))