La verdad es que te tomas la realidad a risa, (a coña, diría el castizo) o, cada noche, te vas a la cama con un ojo que no puede dormir y el otro que dormir no puede. Sobre todo, digo, la realidad política, que una de las dos Españas te ha de helar el corazón y las dos te lo achicharán en un infierno sofocante. Lo peor no es querer el poder, al que todo político, por naturaleza, aspira. Lo peor es que se le note tanto que hasta el mismo diablo le vuelva la espalda. Pero, ¿cómo se le nota el afán de la erótica del poder, el vicio erótico de la ambición de mandar o gobernar, términos que los no demócratas confunden hasta la saciedad? Recordemos sólo al personaje de Oscar Wilde, Dorian Gray, y su pacto diabólico para no envejecer y conservar por siempre la capacidad de perversión presuntamente placentera.
Muchos, en su presunta perversión, necesitan crear un enemigo que justifique su existencia, actitud y medro. “Contra Franco vivíamos mejor”, que dijo Umbral u otros. Al pueblo se moviliza mejor contra la máscara de un enemigo, al que se puedan impunemente achacar todas las vilezas y corruptelas. Los soldados en el frente luchan, atacan, matan porque los de enfrente son todo menos hombres: cucarachas, gusanos, infieles, demonios, sapos, culebras, corruptos, bárbaros… ¿Qué democracia pretendemos? Demócrata no es, ni mucho menos, lo de estás conmigo o estás contra mí. Como tampoco es que los políticos nos hablen como si fuese el pueblo quien pone en ellos las palabras y propuestas que sólo a ellos interesan. Se presentan como salvadores, como mesías, como redentores y, en verdad, sólo redimen sus propios intereses. Mientras tanto, todos nosotros con el ande-yo-caliente-y-ríase-la-gente, sin punto com. Sentido crítico ninguno.
¿Te dejas ya de tonterías y te vienes al tomar una cerveza? Traten otros del gobierno del mundo y sus monarquías, mientras gobiernan mis días mantequillas y pan tierno; y las mañanas de invierno naranjada y aguardiente, y ríase la gente. Pasamos y pasamos y así nos vamos pasando. Y pasa lo que pasa. ¡Pasa, tío?